En la Mallorca medieval floreció una de las comunidades judías más vivas del Mediterráneo. Los asaltos de 1391 y la conversión masiva de 1435 la borraron del mapa: de un día para otro, miles de familias judías pasaron a ser, en el papel, cristianas.
Pero muchas siguieron rezando a escondidas. La Inquisición las persiguió durante siglos, y en los autos de fe de 1691 condenó a decenas de personas; varias murieron en la hoguera. El terror hizo el resto.
Desde entonces, quienes llevaban uno de los quince apellidos quedaron señalados: xuetes. Excluidos de gremios y matrimonios, se casaban entre ellos, generación tras generación, conservando sin querer una identidad que la sociedad les negaba.